miércoles, 28 de febrero de 2018

EL DÍA DE LOS MUERTOS

   
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 Sería  aquel  día de los Santos Difuntos cuando Pablo Neruda sintió la inspiración de la melancolía y mirándose en el cielo estrellado dijo: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. 
     Día de los Muertos sería también cuando Rubén Darío nos obsequiara este dístico consolador: “La muerte es de la vida inseparable hermana; la muerte es la victoria de la progenie humana”.
    En el Día de los Muertos que acaba de suceder, Lorenzo Batallán, redactor metafísico de El Nacional, agotó en un solo artículo la suma teológica de la ultratumba y después de ello no queda sino hablar de los muertos que no lo son, de los difuntos que siguen respirando, y dar la razón así al otro poeta que expresó: “Muertos son los que tienen muerta el alma/ y sin embargo viven todavía”.
         En éste último Día de los Muertos fue sepultado en urna electoral el cadáver viviente de Gerard Ford. Murió porque el competidor tenía un mejor Carter y porque él fue el guardafangos de Nixon y el parachoques de Kissinger. Además pasaba el aceite (de la OPEP), tenía la chispa atrasada y su batería no mandaba.
       Al despeñarse por el precipicio de la opinión pública dejó 7 millones de desempleados, una inflación en aumento, una guerra en el Líbano, un polvorín en África, el derrumbe nacional de Inglaterra y de Italia y más de diez dictaduras terroristas en América Latina.
   Nunca un doctor hizo tanto como el doctor Kissinger (alemán de Alemania) para empañar la imagen externa de su país adoptivo. Olvidó éste príncipe Metternich de la democracia, este Marcusse de la política activa, que Estados Unidos es la combinación indispensable de Wall Street con la estatua de la Libertad y que solo con democracia pueden parapetear al mundo ante los empujes del socialismo.
       Pero he aquí que el doctor Kissinger era muy liviano de cascos en eso de implantar dictaduras por la acción clandestina del espionaje, olvidando sus estudios profesorales de que la democracia es, teóricamente, la razón de ser de la burguesía. Pericles en Atenas dio su nombre al siglo, “el siglo de Pericles”, porque sabiendo mandar con tal disimulo que ni siquiera cargos tenía, realizó el esplendor de la nación. Franklin Delano Roosevelt, el ilustre paralítico, se hizo reelegir tres veces como presidente de los Estados Unidos porque nunca convirtió su silla de ruedas en carro de guerra. Y, guardando las distancias, Rómulo Betancourt ha dominado durante 30 años en la política venezolana porque es partidario de “la acción democrática” y el que vende ilusiones es como el que trabaja con agua, nunca pierde.
        Carter ha dicho que este maní del trato suave a las dictaduras no va a seguir y que corregirá el tremendo error de Kissinger (su error suramericano) de conceder al Brasil el trato de nación más favorecida en lo político, en lo económico y en lo militar, empujándolo a avasallar a sus vecinos que son todas las naciones suramericanas. SI Carter cumple, cuando el profesor Kissinger regrese a su cátedra de Harvard para llorar su antiguo esplendor, las dictaduras del sur perderán su norte, su Norteamérica, y el cono sur podrá escribirse sin tilde en la n y sin 30 muertos diarios, como por ejemplo, en la Argentina.
      Los  muertos se diferencian de los vivos en que los vivos apagan velas en sus cumpleaños y a los muertos les prenden velas en su happy day to you.
    La muerte ha sido llamada la suprema niveladora, pero falsamente, porque ni siquiera al cementerio ha llegado la reforma agraria: la parcela del rico es grande y opulenta y es pequeña y triste la del pobre.
    Rubén Darío cargaba en su maleta cuatro grandes velas y cuando dormía por la noche en el hotel, las prendía alrededor de la cama. Los poetas parecen reacios a dar el paso al más allá, aunque hubo uno que dijo: “Que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?”. Comentan que Goëthe entrevió el infinito porque cuando estaba agonizando gritó: “¡Luz, más luz!” (Desgraciadamente el camarero abrió la ventana y el poeta no pudo seguir).
     Otro poeta bohemio de Estados Unidos, especie de Edgar Allan Poe de provincia, resolvió suicidarse, pero antes vendió su necrología por 20 dólares al director de l periódico local con el compromiso de auto-eliminarse antes de tres días. Pero pasó el plazo y el director. Impaciente, lo perseguía de tugurio en tugurio conminándole a hacer honor a su palabra, hasta que el poeta lo denunció ante el sheriff y éste lo metió en chirona por incitar al crimen, dejando libre al bohemio que se fue con su necrología a venderla en otro pueblo.
    A veces, ante la proximidad de la muerte, decimos la verdad. La respetable y aristocrática solterona se sintió morir y fue al taller del marmolista con el fin de ordenar la losa para su tumba.
      A las vírgenes –le explicó el marmolista- les hacemos una losa de flores blancas, y a las que no lo fueron les ponemos flores rojas.
       A mí –dijo la honrada dama- me pone flores blancas y una florecita roja de vez en cuando... 
  
Diario El Nacional, ¡Qué tiempos aquellos!, 6/11/1976


  

martes, 27 de febrero de 2018

AQUEL 23 DE ENERO

                                 Resultado de imagen para 23 de enero de 1958, caída de Pérez Jiménez


         Los que habitábamos entonces en Caracas, íbamos de asombro en asombro. La primera bocanada de heroísmo que se coló por las calles gritando contra el Plebiscito continuista del perezjimenismo. “Qué bolas tienen esos niños! –decía la gente aglomerada en las esquinas de la avenida Urdaneta–, los van a matar a todos.
         La policía estaba acostumbrada a luchar contra los adecos terroristas que no actuaban sino durante la noche; y se puso perpleja cuando se presenta de repente, luchando en pleno día, nada menos que el pueblo.
         “¡Pueblo –decía por su lado la Junta Patriótica- ha llegado el momento de ajustar cuentas a esta ominosa dictadura!”.
         A todos los rincones de Caracas llegaban los ecos de la Universidad Central, tomada por la policía para reprimir a los estudiantes alzados contra el Plebiscito.
          -Esas gentes -comenzaban ya a decir los entendidos, refiriéndose al equipo de Pérez Jiménez- están resultando “tigres de papel”-.  Porque los esbirros nunca se habían enfrentado al pueblo; durante años las masas estuvieron ausentes, pues  lo que le ofrecían los dirigentes eran conspiraciones o actos de terror; no se movían desde 1952 cuando Jóvito Villalba y Mario Briceño Iragorri las dirigieron para propinar a la dictadura la más afrentosa derrota electoral.
          El asombro de los caraqueños llegó a su clímax el primero de enero, cuando los aviones militares los despertaron con el ruido de sus motores y vieron claramente que estaban bombardeando Miraflores. “¡Feliz año!”, y se abrazaban unos con otros. Las manos y los pañuelos se alzaban al cielo desde los balcones y las azoteas para saludar a las naves liberadoras. “Le llegó su sábado al Cochinito”, decían los más graciosos.
          La alegría subió de punto cuando se supo que el jefe del movimiento cívico-militar en armas, coronel Hugo Trejo- se había puesto a la cabeza del Batallón Motoblindado y marchaba sobre Los Teques. (“-¿Por qué se va para Los Teques? ¿Por qué no ataca a Miraflores?”).
          Las tropas de Trejo se rindieron en Ramo Verde, pero la semilla había caído en el surco. Los 23 días que siguieron fueron dignos de John Reed, el que escribió “Los diez días que estremecieron al mundo”. Caracas se convirtió en una candente fragua revolucionaria. Los mayores de 12 años fuimos presa de indecible agitación: amanecíamos sobresaltados esperando órdenes decisivas de la Junta Patriótica o la reaparición de las fuerzas  militares. Por su lado, muchos miembros de las Fuerzas Armadas entraban en igual paroxismo: conspiraban en Maracay, en Turiamo, en Ramo Verde, en Caracas y en muchas otras partes. La farmacia del doctor Centeno Lusinchi era un hervidero de conspiraciones cívico-militares: José  Luis Fernández, teniente, cuando no estaba en la farmacia, se hallaba en la Academia Militar convocando a los alzados. La Junta Patriótica se había convertido en un mito y  bajo su influjo los barrios empezaban a ponerse de pie.
          Cuando los altos militares perezjimenistas, acaudillados por el general Rómulo Fernández, impusieron a Pérez Jiménez la expulsión de Venezuela de Laureano Vallenilla y Pedro Estrada, la culebra de las tres cabezas venenosas comenzó a entrar en agonía, pero aún habría de causar al pueblo cerca de 500 muertos.
           El que esto escribe (para que algo quede), no fue víctima permanente de Pérez Jiménez; apenas estuve preso en los últimos días; pero todos los que nos hallábamos en los sótanos de la Seguridad Nacional, fuimos recompensados con creces cuando pisamos de nuevo, muy de mañanita, las puertas de la calle. Allí ocupando toda la plaza Morelos, en Los Caobos, estaban nuestros libertadores. Más de 10.000 (diez mil) personas del pueblo, armadas de palos, machetes, escopetas y revólveres parecían una tropa de Ezequiel Zamora repitiendo la toma de La Bastilla. Entonces comprendimos toda la verdad que puso en su frase el que dijo: “La revolución es la fiesta del pueblo”. O para decirlo con las palabras del padre Ugalde en el prólogo del libro de Helena Plaza: “La alegría tomó las calles y abrió las puertas de la Seguridad Nacional”.
          Cayó Pérez Jiménez gracias a los esfuerzos del pueblo y de los militares progresistas, y empezaron los errores de las fuerzas de izquierda. Ninguno de los que expusieron su vida en aquella lucha, con excepción de Aristiguieta Gramcko, que fue viceministro de represión, formaron nunca parte del gobierno. Trejo fue víctima de una maniobra; dicen que Betancourt repetía constantemente: “El peligro en el Ejército es Trejo”; y como que tenía razón porque cuando lo exiliaron a la embajada de Costa Rica, más de 400 militares lo despidieron en el aeropuerto. Fabricio Ojeda, presidente de la Junta Patriótica, pereció mientras se encontraba en un calabozo, en el mandato de Leoni.
           Al comienzo, las fuerzas políticas estaban lo que se llama rueda libre, porque no habían regresado de Nueva York los grandes caimanes que siempre han dirigido la democracia. Sin embargo, cuando se iba a elegir la Junta de Gobierno algún agente oligarca transnacional les susurró al oído: -Deben formar esa Junta los de mayor graduación-. Afortunadamente entre los de mayor graduación había un hombre de eminente sentimiento popular llamado Wolfgang Larrazábal, que fue para Venezuela como un sueño tranquilo ante la pesadilla de Pérez Jiménez y la de Rómulo Betancourt.
           Actuaron tan ciegas las izquierdas en esos tiempos que ellas mismas le entregaron el poder a la oligarquía, pidiendo que Eugenio Mendoza y Blas Lamberti entraran a la Junta de Gobierno. (Eugenio Mendoza se encontraba  en Estados Unidos cuando cayó Pérez Jiménez y se dice que fue él quien consiguió el sí con el Departamento de Estado para que derribaran a Pérez Jiménez, y que su influencia fue decisiva en la firma del Pacto de Nueva York que, para gobernar a Venezuela, suscribieron Caldera, Jóvito y Rómulo).
           Los cinco grandes ausentes volvieron como oscuras golondrinas y se dedicaron a borrar todo vestigio del 23 de enero. Napoleón Bravo en su “Historia contemporánea de Venezuela” finaliza las transmisiones, poniendo en un solo cuadro a los 5 que se aprovecharon de aquel heroico movimiento: Rómulo, Caldera, Leoni, Carlos Andrés y Herrera Campins.
           Los errores que entonces cometieron la junta Patriótica, los militares progresistas, los partidos de izquierda y el mismo pueblo, le salió a Venezuela por ¡novecientos mil millones de bolívares!
           Por eso algunos dicen que el general Robira era mejor que los doctores Robianos.
     
Diario El Nacional, Escribe que algo queda, 1986




lunes, 26 de febrero de 2018

UN BOLÍVAR PARA EL PUEBLO

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       “De Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies”.
       Quien así lo escribió, José Martí, era también libertador y murió en el empeño por serlo. Él forma con Bolívar una estrella doble, solitaria, en el cielo a donde van los libertadores que supieron actuar con honestidad, pelear con denuedo y escribir con brillantez.
       Los que usan hoy a Bolívar como opio del pueblo han hecho de su culto una religión intocable, cuyos misterios gozosos, dolientes y gloriosos manejan ellos solos para provecho propio.
       Duele hoy ver que la juventud no se emociona con nuestro pasado y oiga hablar de él como una asechanza más que le tiende el sistema. Escuece porque la más grande riqueza que poseemos no es el petróleo circunstancial sino la gloria indestructible de nuestra Independencia. ¿Qué otro pueblo de América puede vanagloriarse de haber traspuesto sus fronteras no para oprimir sino para libertar naciones?. ¡Qué diferente acción la de Bolívar transponiendo los Andes para declarar libres a los ciudadanos oprimidos saliéndole a su paso, que la conjura, por ejemplo, de Brasil, Argentina y Uruguay cuando se unieron en el siglo pasado para diezmar a la ya pequeña población del Paraguay, postrándola casi para siempre.
       Bolívar era pequeño de estatura como Lenin y Napoleón. “Ese hombre pequeño, de gorra, que viene montando en una mula ¿ese es Bolívar?”, preguntó don Pablo Morillo cuando se entrevistaron en el pueblo trujillano de Santa Ana, meses antes de la batalla de Carabobo.
       Pequeño y esmirriado, y ennegrecido por el sol de las batallas, pero con la cabeza mejor organizada que haya tenido la América. Como político asombró porque supo derrotar a todos los políticos aprovechadores; como guerrero hizo morder el polvo a los ejércitos españoles; como intelectual admira el caudal de conocimientos que tenía este discípulo del enciclopédico Simón Rodríguez. Escribió bellas cartas y proclamas en un castellano nuevo y fogoso como sus ideales; supo redactar páginas poéticas y desempeñarse como crítico literario al enjuiciar el Canto que en su honor escribiera Olmedo, el alto poeta americano. De no haber sido Libertador hubiese sido un Andrés Bello de estilo más límpido y fogoso.
       A cuatro grandes hombres debemos el puesto intelectual que la pequeña Venezuela ocupa en el mundo: Bolívar Libertador, Miranda Universal, Simón Rodríguez honesto pedagogo y Andrés Bello “el hombre que lo sabía todo” (según Cecilio Acosta), pero que desertó de nuestra nacionalidad.
   En estos doscientos años del nacimiento de Bolívar, todos los mandatarios del norte y centro de Sudamérica han sido bolivarianos; desde Páez que lo negó tres veces hasta Herrera Campins que lo proclama cien.
       Gómez se las arregló para nacer y morir el mismo día que Bolívar y hasta hubo un poeta español Francisco Villaespesa, el cantor de Aben Humeya, que le vendió un libro con esta dedicatoria: “Homenaje de mi tierra a esta tierra feroz a quien Bolívar dio las glorias de la guerra y vos, señor, le diste las glorias de la paz”.
        
        (“¿Cómo pudiste de tu honra en mengua
           dedicar tus canciones ¡oh poeta!
           a un ignaro cacique analfabeta
          que aún desconoce nuestra hermosa lengua?”
          gritó indignado el general Rafael María Carabaño, poco antes de ir a              morir en una ergástula gomecista)
        
     Se inicia este mes de enero el año supremo de la demagogia bicentenaria en los países bolivarianos; por algo todos ellos, con raros intervalos, han estado gobernados por Franciscos de Paula Santander. Un Bolívar para el pueblo sólo hubo cuando los campesinos venezolanos, casi descalzos, se fueron por América con su general a cambiar sangre por libertad. Regresaron desarrapados y hambrientos y acabaron de perder la esperanza cuando les mataron a Ezequiel Zamora. La mayor parte de los que ganan menos de 1.500 Bs.  mensuales, según el presunto último censo, son hijos de aquellos desheredados del campo que una vez hicieron gloriosa nuestra historia.
        El Decreto Bicentenario reglamenta una justa más religiosa y militar que patriótica; así solían celebrarse las efemérides en tiempos de Clemencia, la reina de los juegos florales en los fines de la Edad Media. Entre las obras a inaugurarse, están en Margarita: el Canódromo, la Gallera Monumental y el Teletrack que aún no sabemos qué pueda ser.
        Con los respetos debidos a su alta investidura, no creemos que el doctor Herrera Campins, tan cuestionado en la población, sea la persona indicada para pronunciar el Discurso de Orden en un día de tan solemne unanimidad.
        Tampoco nos parece acertado llevar en esa fecha oligarcas al Panteón Nacional: el dibujante Carmelo Fernández, sobrino del general José Antonio Páez el primer anti-bolivariano que tuvo Venezuela; el pintor Martín Tovar y Tovar, doblemente godo, y el escritor Arístides Rojas, hermano del Marqués de Rojas y ancestro de la familia Boulton. (Con perdón de Alfredo Boulton que ha dedicado su vida a causas encomiables).
        ¿Por qué en vez de esos señores no llevaron al Panteón Nacional a Rafael Arévalo González  y a Pío Tamayo, dos gloriosos venezolanos que enfrentaron la muerte durante largos años en las cárceles de Gómez para cumplir fielmente el postulado bolivariano de ser libres o morir?
        ¿Por qué las dos madres adoptivas de Bolívar, tan tiernamente evocadas por él, la negra Hipólita y la negra Matea, esclavas, no recibieron ni siquiera una mención honorífica de este “gobierno de los pobres”? ¿Por qué se olvidó a los campesinos de la gesta emancipadora?
        Somos bolivarianos por casi innata convicción; no ignoramos que Bolívar pertenecía a la clase terrateniente, pero también, sabemos que lo sacrificó todo por la libertad de su América. Terminemos esta loa con la frase ya ritual y bella del peruano José Domingo Choquehuanca:  “Con los siglos crecerá vuestra gloria como  crece la sombra cuando el sol declina”.

Diario El Nacional, Escribe que algo queda,  9/01/1983
             

sábado, 24 de febrero de 2018

REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE DE VÍCTOR GARCÍA MALDONADO


    

      “Son cosas pasadas que el hada Armonía trae a mi memoria”
                                              (Alfonso Camín, poeta español)

    Ayer sus cansados pulmones exhalaron el último aliento. Ya no embellece con su risa franca la tertulia familiar.  Las ingeniosas salidas pertenecen al recuerdo. El corazón no lo siguió acompañando en la tarea de derramar afecto sobre sus semejantes.
      Así era Víctor García Maldonado desde siempre; cuando niño casi, se enroló ardoroso en las huestes estudiantiles del año 28. Inició luego los primeros intentos por fundar el Partido Comunista de Venezuela, agrupando a su derredor  a una docena de estudiantes radicales; más tarde participó con los hermanos Fortoul en la fundación definitiva del P.C.V.
      A causa de esa fundación, en la cual andábamos también nosotros, estuvimos  presos junto con Víctor García Maldonado durante tres años y medio en aquella devoradora de hombres que se llamaba La Rotunda. En Lara dicen:  “Si quieres conocer a una persona, vive con ella”. Después de tres años, habitando en un mismo calabozo, nos es posible asegurar que conocimos muy bien a este altivo representante del gentilicio García Maldonado. Digno miembro de esta familia que ha salido patricia en las luchas de Venezuela: Enrique, Margot, Manolo, Alejandro, José Briceño y los vástagos. Las cárceles de Gómez los albergaron a casi todos para castigar sus desvelos y protestas.

        Con Víctor vivimos la odisea del Apamate, que así se llamaba el calabozo de ocho metros por ocho en que fuimos encerradas 36 personas, engrilladas, durmiendo en el suelo y casi sin comida por la friolera de ¡dos años y medio!  Formábamos el grupo dos profesionales de Arquitectura y Mecánica, 14 estudiantes, 8 panaderos, 7 zapateros, 2 soldados, un ebanista español y un mecánico de teléfonos. Si el doctor Gallup hubiera sido tan arriesgado para realizar una encuesta en aquel ambiente habría constatado que Víctor García Maldonado se disputaba con Mariano Fortoul el aprecio universal de los habitantes de nuestro pequeño y aflictivo mundo.
      Nos atreveríamos a asegurar que la “Célula de Presos El Apamate” fue la primera república comunista que existió en América. Un comunismo primitivo, especial, porque no generábamos valores de uso sino que consumíamos la ración que nos daba el Gobierno y las comidas que mandaban de algunas de nuestras casas. Todo era colectivo, nadie recibía un ápice más que otro; si lo sabría Víctor que fue durante todo el tiempo el jefe responsable de la Comisión de Comida. Por cierto que nuestro camarada Víctor resolvió darnos una sorpresa para celebrar el 7 de noviembre, aniversario de la Revolución Rusa: cocinó una gran olla de arroz y antes de servirla tiñóla con rojo vegetal. José Antonio Mayobre, quien formaba parte del grupo, hizo con motivo del arroz rojo la parodia de un couplet de moda diciendo que Víctor estaba loco de perinola:
                                               
                       “Si este Víctor sigue así
                        clarito al Coronel
                        le tendremos que hablar:
                        -sáquenos a este loco de aquí
                        y únalo con Pacheco para descansar-.

      En el calabozo El Apamate enseñaban arquitectura y alta mecánica, los hermanos Fortoul, educados en el extranjero y quienes a los pocos meses fueron separados de nosotros, y aislados en una pequeña celda; Juan Bautista Fuenmayor, hoy rector de la Universidad Santa María, y autor de una Historia Contemporánea de Venezuela que rivaliza con la de Gil Fortoul, nos deslumbraba con su poderosa mente y sus conocimientos de derecho, historia y filosofía; José Antonio Mayobre, que después se pasó al enemigo de clase, admiraba por su clara inteligencia y su atildado decir; Angel J. Márquez, muerto recientemente después de haber ganado gran reputación como abogado, era dueño de un agudo intelecto; Fernando Key Sánchez, con su meticuloso cerebro nos daba clases de Ingeniería. Gustavo González Cabrera, hijo de Eloy G. González y después ingeniero, ya fenecido; Juan José Núñez Morales y el escultor Eduardo Francis, eran algunos otros de los intelectuales allí presentes. El panadero Pedro Cadamo muy celebrado por su chistoso ingenio; Claudio Hernández, zapatero, poseía gran experiencia gremial y mucho conocimiento de la historia reciente de Venezuela; su colega Ramón Abad León era un industrial y masón que había ahorcado esos hábitos; Cupertino Muñoz y Luis Díaz representaban a la casta militar porque siendo soldados se hicieron comunistas; había también un antiguo guerrillero llamado Ramón Fernández de Córdoba.
       A todos estos personajes hay que agregar a Jesús María Pacheco, “el loco Pacheco Arroyo” hermano de Monseñor Pacheco para entonces párroco muy querido de la Santa Capilla. Enloqueció nuestro Pacheco y le dio por repetir que iba a matar al Gobernador de Caracas, general Rafael María Velazco, por prevención lo arrojaron en La Rotunda y como castigo suplementario solían alojarlo en nuestro ya congestionado calabozo. El loco era fuerte, ingenioso y muy buena persona. Cuando estaba más eufórico se situaba semidesnudo en el centro de nuestra ergástula y comenzaba a zapatear una canción inventada por él y que decía así: “Viva Dos, viva la Patria, viva la Federación, que los hijos que salen malos es porque los padres lo son. Anoche pisé a tu mamá, esta mañana a tu tía y tu hermana se me escapó por encontrarla dormía...”.
          Sean estos recuerdos un homenaje postrero a la memoria de nuestro querido camarada Víctor, combatiente y héroe en la Guerra Española, cuyo cadáver ha de guardar la tierra como un tesoro.

Diario El Nacional. Escribe que algo queda.


jueves, 22 de febrero de 2018

HACIA UN PROGRAMA POLÍTICO




40 AÑOS DE HITLER HASTA REAGAN

           
                       
                  El notable ensayista venezolano Mariano Picón Salas, ex secretario privado de Rómulo Betancourt, dijo muy acertadamente que el siglo 20 comenzó en Venezuela en 1935, a la muerte de Juan Vicente Gómez. También podríamos afirmar que la Era Moderna comenzó para el mundo en 1917, cuando Lenin y los bolcheviques tomaron el poder en Rusia y constituyeron la Unión de Repúblicas Socialistas. Porque Hitler fue una consecuencia ante el peligro de esta Revolución; los países capitalistas lo saludaron y ayudaron como el salvador del mundo; pero el muchacho era travieso y los quiso someter a todos.

      El segundo triunfo de la Revolución Rusa fue haber derrotado a Hitler a costa de 20 millones de vida y la destrucción de más de 10.000 aldeas. No hay duda de  que los Estados Unidos ayudaron con valiosos suministros a la República Socialista; pero casi obligadamente porque lo reclamaba la opinión mundial y porque si Hitler triunfaba en Rusia la próxima presa iba a ser los Estados Unidos. Resultaba también que el Presidente de los Estados Unidos era un hombre que no se llamaba Ronald Reagan sino Francis Delano Roosevelt.
        Murió Hitler en su madriguera, abrazado a su querida Eva Braun, y poco después estallaba en Hiroshima la primera bomba atómica. Masacraron inútilmente a más de 100.000 japoneses porque Truman, el nuevo Presidente de los Estados Unidos, quería advertir a la Unión Soviética que ellos eran más fuertes. (Inglaterra después de 300 años dominando al mundo cedió su primacía a los norteamericanos).
           La clave del éxito mundial de los Estados Unidos estuvo en poseer la bomba atómica y en haber creado la CIA. Roosevelt no quiso firmar el Decreto que creaba este organismo de inteligencia, pero Truman (a quien llamaban  los políticos rivales “la mula de Missouri”) lo firmó sin vacilar. A los pocos años “el Gobierno invisible” dominaba la política hasta en las naciones más insignificantes del mundo. Empezó lo que llamaron los yanquis “la lucha anticomunista en defensa de la civilización”.
      La Unión Soviética respondió haciendo estallar primero la bomba atómica y después la de hidrógeno y luego llenándose de gloria cuando sus Sputniks vencieron por primera vez la atracción de la tierra y se fueron a investigar los espacios siderales.

        Los Estados Unidos se convirtieron en el poder financiero más grande de la Tierra; todos los barcos del mundo llegaron hasta Nueva York trayendo sus tributos de petróleo, metales, etc. La exportación de capitales, una de las características del imperialismo, se centuplicó. A Truman, el de las corbatas vistosas, siguió el despreocupado Eisenhower, Comandante Supremo aliado en Europa durante la Guerra Mundial. Vino Kennedy, agresivo pero inteligente. Lo mataron y se encargó Johnson el arquitecto de la suprema derrota en Vietnam. Después Nixon perverso, Ford incapaz y Carter ahí-ahí, pero con espíritu menos colonialista que sus antecesores.

         América se llenó de dictadores, como si con ello se le estuviera pagando al pueblo latino su devoción por la causa aliada. En Caracas fue precisamente que el insoportable secretario de Estado Foster Dulles reunió a todos los países del llamado Pacto de Río para condenar y derrocar al régimen progresista de Jacobo Arbenz, digna y altivamente representado en la Conferencia por su joven Canciller Toriello. Este se convirtió entonces en el favorito del pueblo, de los intelectuales y de las damas caraqueñas.

         Pero la cadena dictatorial se rompió por donde menos se pensaba y  surgió Fidel Castro, bajando de la Sierra Maestra a paso de vencedores. Kruschov y Mikoyan decidieron apoyar a Cuba y desde entonces la omnipotencia del imperialismo comenzó a agitarse en sus indiscutidos dominios de América Latina. Fidel, guapo, inteligente y apoyado, demostró ser uno de los estadistas más avezados que tiene la política mundial.

        ¿Y qué pasó en Venezuela en estos 40 años?

        No pasó nada, señora baronesa. Sólo que un generoso General llamado Isaías Medina Angarita quiso apoyarse en la burguesía y los trabajadores para realizar una efectiva democracia y desde por allá del Norte le echaron un parao.

         Los tres años del primer Gobierno de Rómulo Betancourt significaron un avance en la democratización de las instituciones (Constituyente, elecciones, etc) pero un retroceso en nuestra independencia. Gallegos fue derrocado por Mister Danger quien venía diciéndose su amigo. Delgado Chalbaud hizo un gobierno bastante discreto y dejó funcionar todos los partidos menos Acción Democrática. Mataron a Delgado sus viejos amigos petroleros y caímos en manos de Pérez Jiménez, Laureano Vallenilla y Pedro Estrada. El régimen fue ferozmente represivo, sobre todo contra los adecos, pero se anotó multitud de realizaciones materiales. Decían que había transformado de tal forma a Venezuela que cuando los adecos regresaran del exilio no lo iban a reconocer.

          Se alzaron ejércitos, empresarios, curas y pueblo y el dictador tomó las de Villadiego, siendo sustituido por Wolfgang Larrazábal, Contralmirante del Pueblo Soberano. Larrazábal cayó arrollado por la conspiración electoral de adecos, copeyanos y muchos izquierdistas. Desde entonces vamos caminando con este escaparate en el lomo que llaman Democracia.

          Para finalizar, diremos que Estados Unidos ha hecho en estos 40 años capitales contribuciones al progreso técnico humano: las computadoras, la televisión, los transbordadores espaciales, muchos de los avances de la medicina, etc, etc. Dicen los textos marxistas que un régimen no perece hasta que no haya agotado todas sus posibilidades; el imperialismo yanki las está agotando, pero no así el capitalismo de su Nación que puede encerrarse en sus fronteras y alcanzar años más, sobre todo si se embarca en la industrialización de China Popular.

            El problema de Reagan con Nicaragua es que si el sistema sandinista cunde por Centroamérica y envuelve a México, la digestión de los magnates de Wall Street se va a tornar sumamente laboriosa.


Diario El Nacional. Escribe que algo queda. 

      

miércoles, 21 de febrero de 2018

YO GURT, TU GURT, EL GURT


                                                 

          
         Es justo que estando el que esto escribe de vacaciones en el estado Lara, rinda un homenaje a la sabia costumbre larense de ingerir masivamente todos los días lactobacillus cassei, llamado popularmente suero de leche. Esta generosa Lara, “tierra de áureos días y noches de turquesa” como dijo un poeta nativista, va a competir pronto con las regiones de Bulgaria y el Cáucaso, en donde miles de personas pasan de los cien años sin haber sufrido ninguna clase de dolores.
        Fue a fines del siglo pasado que un sabio ruso que vivía en París y trabajaba con el gran Pasteur en su renombrado instituto, llamó la atención sobre los beneficiosos efectos del yogurt. Más que haberlos comprobado, él  los intuyó. Porque Elías Mecknikov que así se llamaba el susodicho, era lo que dicen un genio. Ganó el premio Nobel por haber descubierto la fagocitosis, es decir, que los glóbulos blancos de la sangre tienen como función esencial comerse a los microbios. Sostenía que los bacilos lácteos que se crean en la leche cortada una vez ingeridos por el hombre, mejoran su flora intestinal. Sin esta flora no podríamos vivir.
        Pero muchos años después de haber muerto este extraordinario ruso (bolchevique antes de que existiera el bolchevismo), los sabios de diferentes países han realizado extraordinarios descubrimientos sobre las propiedades del bacilo existente en el llamado suero de la leche. En muchas regiones la medicina indígena se hacía eco desde la antigüedad de los maravillosos beneficios del suero.
      Podríamos decir hoy que a la comercialización de la medicina, por las transnacionales  del dolor, le ha salido una respuesta justa y contundente: usar suero o yogurt para no enfermarse y poder prescindir de médicos, clínicas y hospitales.
        El producto que sirve es el que se hace en la casa, porque el comercial le agregan hasta antibióticos para que no se corrompa y se pueda vender más tiempo.
        El científico Day, hace ya muchos años, sintetizó a base de suero de vaca una poderosa vitamina que llamó M porque curó con ella la anemia de los monos. Que sepamos, esta vitamina no la venden en el mercado, quizás porque acabaría con las otras.
        El domingo pasado leímos nosotros en un suplemento médico del diario local “El Impulso”, un interesante informe sobre las últimas investigaciones realizadas por sabios franceses sobre los efectos del yogurt  en el organismo humano (Francia es el tercer consumidor de yogurt en el mundo).
        Por carecer de espacio no diremos sino los tres efectos principales señalados por los científicos galos:
1) Aumenta las defensas inmunitarias, es decir, la capacidad orgánica para luchar contra las enfermedades (¡casi nada!).
2)  Disminuye la tasa de colesterol en la sangre, eliminando o disminuyendo el riesgo de enfermedades vasculares (infartos, arterosclerosis, etc.). (Una guará, como dicen en Lara).
3)   Mejor  difusión y utilización del calcio, Esta enfermedad está aquejando  hoy a millares de personas, con incidencia sobre la columna vertebral y la motilidad de las piernas.

        Conocemos el caso de un alto número de personas de la docencia venezolana que se detuvo en la pendiente hacia la silla de ruedas, ya anunciada por los médicos, con el simple expediente de comprarse una yogurtera, adquisición que tampoco es indispensable porque los llamados bacilos búlgaros  crecen con solo estar retirados de la nevera. Antes de terminar con el yogurt queremos  decir que esta nuestra tierra de Lara es verdaderamente extraordinaria. Creemos que se ha conservado así porque todavía no se ha industrializado como Caracas y Valencia, dos pequeños infiernos creados por la civilización adeca-copeyana. Barquisimeto es una ciudad grata, plana, de anchas vías y de muy pocos edificios altos. Las vistas que tiene por la parte del río Turbio son como para dar envidia a los que inventaron el tecnicolor,  por la tarde todos estos encantos se adornan con los crepúsculos que fueron capaces de consolar a Bolívar de la derrota de Cerritos Blancos (“bien vale perder una batalla por contemplar los crepúsculos de Barquisimeto”).
       Volviendo al yogurt, nos atrevemos a hacer un llamado a tantos hombres honestos que tiene Venezuela para que se enteren de la materia y una vez convencidos por hechos tan evidentes, recomienden el uso diario de los bacilos lácticos como medio de sincerar la medicina y proteger la salud y los bolsillos de los venezolanos, tan maltratados por la política comercial de ciertos laboratorios y de no pocos discípulos infieles del gran Hipócrates.
Diario  El Nacional, Escribe que algo queda, 24/03/85

KOTEPA

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